martes, 26 de enero de 2010

CAPITULO 2 (Final)



DUELOS


Volvió su atención al vodacce. Dejo su hombro al descubierto y observo con detenimiento la herida, era una estocada limpia, no muy profunda, pero sangraba bastante por lo que tendría que darle un par de puntos para que cerrara bien, le pidió a Fionna una gasa, el frasco de alcohol y que preparara aguja e hilo.
El sonido de los aceros chocando le indicó que el segundo duelo ya había comenzado, no se atrevió a mirar.
Mientras limpiaba y cosía la herida, oía las ocasionales estocadas, la tapo con un vendaje e inmovilizo el brazo al cuerpo con un cabestrillo.
- Bien ya esta.- Dijo colocándole la camisa y ayudándole a ponerse el jubón.- Deberá tener el brazo así al menos unos días si quiere que el hombro se le cure bien.
- Muchas gracias Milady, ningún medico me ha tratado de forma tan delicada y profesional como lo ha hecho vos.
- No se ofenda caballero.-Respondió con una sonrisa, guardando las cosas en su maletín.- Pero espero no tener que volver a tratarle. Mañana comprobare como esta y le cambiare el vendaje. Se incorporo y observo el otro combate.

Los duelistas aun se encontraban en el centro. Sin dejar de mirarlos se acerco poco a poco a Christián que observaba detenidamente.
Si en el duelo con el caballero vodacce el claro se les había quedado pequeño, este era completamente diferente.
Estocadas rápidas y cortas.
Torvoespada completamente recto, la espada en la zurda, con la misma pierna un poco adelantada y el brazo diestro pegado al cuerpo.
Desaix, con las piernas ligeramente separadas y flexionadas, el brazo izquierdo levantado.

El castellano lanzo una estocada baja y rápida, un visto y no visto, Desaix giro a un lado y el acero se deslizo en el vacio, cruzo el brazo derecho con el puño en alto y la espada hacia abajo, apartando la espada que volvía a la carga en una segunda estocada tan hábil y peligrosa como la primera.
El mosquetero retrocedió un paso y de nuevo quedaron quietos. Respiraba ruidosamente, la fatiga empezaba a hacer mella en el. Lanzo una rápida ráfaga de acero, pero Torvoespada parecía anticiparse a cada movimiento, este retrocedió bruscamente y se aparto sin percances, esquivando la siguiente estocada, a la vez que lanzaba un ataque propio dio una vuelta sobre si mismo y volvió a el. Desaix sintió un agudo dolor cuando la hoja de su oponente le atravesó el brazo derecho provocando que la espada se le cayera de la mano.
- Recogedla.- Se aparto un paso.- No pienso matar a un hombre desarmado.

Cuando se inclino para recoger la espada, un medallón con la forma de una careta se descolgó por la camisa abierta, antes de darse cuenta, tenia la espada castellana en su cuello.

- ¿De donde lo habéis sacado?.- Pregunto el castellano señalando el colgante.
- Es un regalo.- Contesto al tiempo que lo guardaba.
- ¡Mentís!
Firebas se incorporo, encarándose al castellano.
- Hace dos años, en la ciudad de San Agustín, cruce las líneas enemigas. Cuando ya regresaba de mi misión, escuche ruido de pelea, me acerque para saber que ocurría, tal vez un compañero en apuros, vi a un enmascarado luchando contra cuatro soldados de la inquisición, se defendía con valor, pero estaba en clara desventaja. Soy un soldado y mi enemigo no es Castilla, si no la inquisición y sus aliados. Cuando acabamos con ellos, el hombre me entrego este medallón.
- ¿Os dijo algo?
Firebas solo le sostuvo la mirada.
Al cabo, el castellano envainó su espada.
- Me doy por satisfecho.-Tendiendo su mano.
Desaix no dudo en estrechársela.
- Tenéis en mi un aliado.- Dijo en voz baja para que tan solo le pudiera oír el mosquetero.
- Es un honor.-Respondió.

Sin nada mas que decirse en voz alta, ambos hombres se separaron. Torvoespada se dirigió al lado de los caballeros, mientras Desaix recogía su espada y se acercaba a sus compañeros.
- Permitidme que os cure la herida.- Pidió Morgaine acercándose a su lado.
- Estoy bien Milady, solo es un rasguño.
- Vuestra camisa me indica lo contrario.
Se miro la manga que estaba empapada de sangre, y se encogió de hombros.
- Os repito que no es nada, no es necesario.
De pronto trastabilló y habría caído al suelo de no ser porque Christián le sujeto.
- Es un feo corte amigo.- Dijo acercándole al tronco caído y ayudándole a sentarse.
- No. Estoy bien. Solo tengo que descansar un poco.
- No, no lo estáis. Habéis perdido mucha sangre- Morgaine tomo inmediatamente el mando de la situación.- Traedle vino.
Christián obedeció rápidamente. Cuando Firebas tomo un par de copas pareció recuperarse un poco.
- Quitaos la camisa.- Dijo abriendo el maletín.
- Milady un caballero no se desnuda ante una dama.
No estaba dispuesta a continuar con aquella absurda discusión.
- Muy bien, os la cortare.- Saco un pequeño cuchillo.
- Como gustéis.

- Corto la manga a la altura del hombro y se la retiro con cuidado, era un corte grande, de unos quince centímetros, y profundo, casi atravesaba el brazo.
Limpio el brazo con una toalla mojada, cuando termino empapo una gasa en alcohol.
- No os mováis.- Dijo limpiando la herida. Cuando termino empezó a coserla.
Morgaine notaba que el mosquetero no le quitaba los ojos de encima.
- Enseguida acabo.
- No os preocupéis Milady, tenéis unas manos especiales, sois un gran medico.
Ella sonrió mientras daba puntadas.
- Si, eso dicen todos mis pacientes.
- Ah. ¿Y habéis tenido muchos pacientes?
- Algunos, hace poco que he terminado mis estudios.- empezó a vendar la herida.- Cuando regrese a casa, empezare a trabajar en el hospital con mi padre.
De pronto la beso.

Un simple roce, una ligera presión en los labios, durante un segundo. Instintivamente alzo la mano para abofetearle y se quedo paralizada.
El había bajado la mirada, claramente avergonzado.
- ¿Estáis bien Milady?.- Pregunto Fionna
- Si.- Respondió bajando la mano.
- ¿Seguro?
- Estoy bien!.- Indicándola con un gesto que se alejara. Volvió a mirarle.
- ¿Porque lo habéis hecho?- Susurro
- Disculpadme milady. Os he avergonzado, no volverá a ocurrir.
Se incorporo para marcharse, pero ella el sujeto.
- No he terminado.- Era una petición mas que una orden.
Se sentó de nuevo sin levantar la vista del suelo. Morgaine miro durante un segundo al grupo para confirmar que no los miraban y continuo con su trabajo. Nadie parecía haberse dado cuenta.

- No me habéis respondido
- ¿Acaso no es obvio?- Levanto con brusquedad la vista.
- ¿Por vuestro aspecto?
Torció la boca en una sonrisa sin alegría.
- Tengo un rostro que anuncia con minutos de antelación mi llegada. Para conocer el calor del rostro femenino he tenido que robar un beso.
- Reconozco que no he conocido a muchos caballeros...
- Señora.- Dijo con amargura.- Reconocedme al menos, que no habéis conocido a ningún hombre con mi aspecto.
- Ni con vuestro ingenio.
- Ingenio.- Bufo.- Las damas que yo conozco no buscan ingenio, buscan gallardía y buena presencia.
- Tal vez no habéis frecuentado a las damas adecuadas. ¿Habéis robado muchos besos?
- Solo uno.- Confeso.
No supo que contestar. Le miro a los ojos y, fue tal el dolor y la soledad que leyó en ellos que el corazón se le acelero de tal manera que creyó que se saldría.
Alzo lentamente la mano para acariciarle la cara, pero el se incorporo retirándose de su lado.
- Habéis terminado.- Se toco el ala del sombrero a modo de saludo.- Una vez mas, Milady, mis disculpas, no volveré a importunaros.
Se alejo sin mirar atrás ni una sola vez.

lunes, 4 de enero de 2010

CAPITULO 2





DUELOS


El claro se encontraba a unos cien pasos de la Puerta Sur, en un bosquecillo que rodeaba la muralla de la ciudad.
Morgaine se preguntó como era posible que messie Desaix lo conociera, pues estaba fuera de la vista del camino, ellos mismos no lo habrían encontrado si no fuera por que les indicaron donde se hallaba.
Se les habían unido el caballero rosacruz y el monje, en calidad de testigos, llegaron al pie, prefiriendo dejar los carruajes en la ciudad.
Firebas, Christián y Pierre ya se encontraban en el claro, charlaban animadamente apoyados en unas rocas situadas en uno de los extremos. Cuando vieron llegar al grupo, dejaron de hablar, pero no se movieron.
Tan solo Firebas avanzo unos pocos pasos.

- Milady, vuestra sola presencia es como un rayo de sol en un día tormentoso.- Dijo besándole la mano cuando se acercaron.- Caballeros ¿Quien desea ser el primero?
- Yo.- Marco Lucani dio un paso
- Ya que vos sois el retado, elegid.
- Con primera sangre será suficiente.
- Cuando deseéis.- Entrego la capa y el sombrero a Christián, quedándose en camisa, no llevaba jubón, y se dirigió al centro del claro, desenvainó y espero.
El vodacce se quito el jubón y se lo entrego al caballero rosacruz, ocupo su lugar en el claro, desenvaino y saludo.
Ambos caballeros se pusieron en guardia.
Las campanas de una iglesia empezaron a sonar.

- ¡Esperad!- Exclamo el mosquetero deshaciendo su guardia.
- ¿Que ocurre ahora?
- No se escuchara mi poema mientras la campana suena.- Dijo señalando con un dedo al cielo.
Lucani lanzo tres rápidas estocadas que obligaron a Desaix a retroceder.
- Ágil como Celadon, como Scaramouche ligero.

Recitaba alegremente, a la vez que fintaba los furiosos envites girando por el claro, en un tiro a fondo, Lucani resbalo en la hierba húmeda, hincando una rodilla en tierra, inmediatamente levanto el acero intentando clavarlo en el vientre de su adversario, Desaix lo engancho con el suyo propio y realizo una floritura empujando al vodacce hacia atrás, podría haberle herido en ese momento y acabar con aquello, sin embargo, se arrodillo a su lado.
- Os prevengo Mirmydon que al finalizar os hiero.
Retrocedió rápidamente previniendo el ataque.

Izquierda, derecha, arriba, izquierda, arriba, izquierda, izquierda, abajo, arriba, abajo, derecha... El eco del acero chocando reverberaba por doquier, las estocadas se sucedían tan rápidamente que casi no se distinguían.
Lucani tropezó con un tronco y cayo al suelo de espaldas, Desaix subió una roca cercana y se detuvo de nuevo.
- Cortaros las alas quiero, ¡Hoy comeré pavo!
- ¡No sois mas que un bufón!.-Los ojos de Marco Lucani ardían de rabia
- No, eso no rima.- Se volvió hacia el publico.- ¿Por donde trinchare al pavo? ¿Por el flanco? No es tan fiero.
Salto de la roca y corrió al centro del claro, dio media vuelta y saludo.
- Abro la guardia, os espero.- Dijo arrodillándose.

El vodacce se lanzo.
Desaix, con un solo movimiento, tiro de su florete hacia abajo, enganchando las cazoletas y lo clavo en tierra.
- Estaos quieto fanfarrón, que al finalizar os hiero.
Juntos como estaban en ese momento, Lucani le intento herir con la daga que, como por arte de magia apareció en su mano izquierda, Desaix giro sobre si mismo alejándose al tiempo que recitaba.
- Un ataque ¡Atención! ¿A donde vais majadero?
Se levanto rápidamente y contraataco.
- Fino voltea mi acero para ensartar al capón. Llego el instante postrero. Finto, paro ¡y bordón!
La espada de Lucani salio volando.
- Al finalizar os hiero.- Termino, a la vez que clavaba la punta del estoque en el hombro izquierdo del vodacce.

- Habéis vencido.- Se limito a decir. Dio media vuelta y, recogiendo sus armas, se acercó al grupo.
- Dejadme que os vea esa herida caballero.
Marco se sentó en el tronco caído con el que había tropezado.
- No queda sino batirnos.
- Descansad primero. No he venido a jugar.-Respondió el castellano.
Morgaine miro a los duelistas en el centro del claro, este no seria un duelo a primera sangre.

(Continuara...)

martes, 15 de diciembre de 2009

CAPITULO 1 (Final)


ENCUENTROS


Dejaron la carta en recepción para que se enviara con el correo de la tarde y pasaron al comedor, no era una sala muy grande, tenía un par de mesas alargadas de ocho asientos cada una. En una de ellas se encontraba sentado en una esquina un caballero que, por sus vestimentas negras quedaba claro que era de Vodacce y en el otro extremo había tomando una copa de vino un castellano, la otra mesa estaba ocupada en un extremo por un caballero de la rosa y la cruz, que hablaba en voz baja con un monje.
Morgaine se acerco con paso decidido a esta mesa, ambos hombres se levantaron cuando ellas se acercaron.
- Señoras.- Saludo el caballero.
- Caballeros, ¿seria molestia para ustedes si nos sentáramos en esta mesa?
- En absoluto, señora. Permítanme que me presente, soy Erich Von Wich y el es el hermano Volker.
- Encantada, soy Lady Morgaine de Carleon y ella es mi dama Lady Fionna.
Erich retiro la silla que se encontraba a su lado para que Morgaine se sentara. La intención de ella era haberse sentado en el otro extremo de la mesa, pero ahora no sabia como rechazar la invitación, así que se sentó al lado del caballero y Fionna ocupo su silla enfrente de la de ella.
“Cálmate, solo ha sido un gesto caballeroso, solo quiere mantener una charla banal con un par de damas”
La camarera les acerco los servicios y las informo que la comida se serviría en unos momentos.
- Decidnos señora ¿qué os parece la ciudad?- Pregunto Erich
- Aun no la conocemos. Acabamos de llegar, pero tenemos intención de dar un paseo esta misma tarde. ¿Hay algún lugar que nos puede recomendar para empezar?
- Sin duda por la Catedral del Corazón del Drachen, es una de nuestras maravillas. ¿Puedo preguntar que os ha traído a nuestra capital?
- Acabo de terminar mis estudios en la universidad y me he tomado un tiempo para viajar.
- ¿Arquitectura, música?
- Medicina
- Ah! Además de hermosa sois inteligente...

En ese momento entraron en el salón cuatro mosqueteros riendo escandalosamente.
-¡Camarero, traednos vino! Estamos sedientos.- Grito uno de ellos.
Se dirigieron a la mesa, se sentaron con un sucinto “Señoras” y siguieron hablando y riendo animadamente.
La camarera llevo rápidamente una jarra de vino con cuatro jarras y se disculpo con la mirada a las damas. Morgaine la sonrió aceptando la disculpa y siguió comiendo sin levantar la vista del plato.
- Vaya! No sabia que las mujeres de Eisen fueran tan hermosas aquí, de haberlo sabido habría venido antes!- Exclamó el que se hallaba cerca de Fionna a la vez que la cogia de la cintura.
Cuatro sillas se movieron ruidosamente y antes de que ninguna se diera cuenta estaban rodeadas por cuatro hombres con las manos en las espadas.
-¡Soltadla!- Grito alguien
- ¡Disculpaos!
Los cuatro mosqueteros se pusieron en pie y echaron la mano a la espada.
- ¡Caballeros por favor!.- Morgaine se puso también en pie.- Es evidente que este caballero no ha pretendido ofendernos, simplemente se trata de un malentendido.- Dijo con voz mas calmada.- No es necesario que nadie saque la espada.
- Eso no evita el hecho de que os han ofendido, señora.- Respondió el caballero castellano.- Debe disculparse inmediatamente.
- Un mosquetero del emperador jamás se disculpa!- Exclamo el interpelado, que estaba evidentemente ebrio.
- Entonces el “mosquetero” probara el acero castellano.
Justo cuando todos iban a desenvainar aparecieron cinco guardias de la ciudad.
- ¿Que ocurre aquí?
- No ocurre nada, tan solo un malentendido.- Respondió el mosquetero que estaba al lado del que había hablado y que era el que estaba al mando. Sin apartar la vista de los otros se sentó y obligo a su compañero a sentarse, dando, con tan solo una mirada, la misma orden a sus compañeros.
Morgaine hizo lo mismo y el resto de los caballeros ocuparon también sus asientos. La tensión era tal que se podía respirar.
- No queremos que haya el mas mínimo problema.- El guardia miro a todos los hombres uno a uno.- Recordad que los duelos están prohibidos dentro de las murallas de la ciudad. Si tenemos que regresar acabaran todos en los calabozos del castillo.
Dieron media vuelta y se marcharon.

- Milady, disculpad a mi amigo Pierre Dechaine, no ha tenido en ningún momento intención de ofenderos, ni a vos, ni a vuestra dama, es joven y no soporta bien el vino.
- No hay nada que disculpar, señor, pues no ha habido ofensa. ¿Y que hacen los mosqueteros aquí en Freiburg?
- Nuestra compañía es la escolta del sobrino de El Empereur, Víctor Gerard du Montaigne, que ha venido unos días a la ciudad.
- Debe ser un gran honor.
- Sin duda Milady.
- Y estos perros montaigneses manchan dicho “honor” insultando a las damas con las que se encuentran.- Interrumpió el caballero castellano sin levantar la vista de su copa.
Los cuatro mosqueteros se levantaron .
- Ya hemos pedido disculpas a las señoras, pero si lo que buscáis es pelea...- Desenvaino la espada.- No dudéis que la habéis encontrado.
- Vos, os habéis disculpado en nombre de vuestro amigo que, al parecer, solo sabe hablar para ofender..- Respondió levantándose a su vez.
Tan solo se oyó el sonido del acero al quedar desnudo.
- ¡Christián!

La voz procedía de la puerta, una figura gallarda, se mantenía a contraluz, no era muy alto, aunque si fibroso, mantenía una postura relajada, la mano izquierda descansaba tranquilamente en el pomo de la espada, pero algo le dijo a Morgaine que esto podía cambiar rápidamente.
- Caballero.- Su voz era tranquila y profunda, y hablaba como quien habla a un
niño.- Debéis saber que los mosqueteros somos todos uno.- Dijo acercándose un
paso.- Si uno de nosotros ofende, lo hacemos todos, y si uno de nosotros se disculpa, también lo hacemos todos. Christián se ha disculpado y las damas lo han aceptado. ¿Tenéis algún otro problema?
- El problema es que lo que vale para los “mosqueteros”, puede no ser valido para los demás.- El castellano se acerco otro paso.- Llevaba la espada desenvainada, pero la mantenía baja.
- Yo soy de la misma opinión.- Intervino el vodaccio.
Morgaine decidió intervenir antes de que las cosas se pusieran más feas.
- Señores, por favor. Esto es innecesario, ya he aceptado las disculpas de los caballeros y no creo necesario que continúen con el mismo tema. Por favor, recuerden lo que dijo el guardia, los duelos están prohibidos en la ciudad, no deseo que nadie acabe en los calabozos por nuestra causa.
- Señora.- Contesto el desconocido.- Me temo que vos tan solo sois ahora una excusa para estos “caballeros”, ya que lo que realmente desean es luchar contra los mosqueteros.- La media sonrisa del castellano confirmo sus sospechas.- Pero tenéis razón en una cosa. Esto es innecesario ahora. Mañana a las seis les parece bien?.- Ambos caballeros asintieron.- Bien, cerca de la puerta sur hay un claro, creo que será el lugar adecuado. Tan solo una ultima cosa, ¿Con quien tendré el placer de batirme?
- Marco Savino Lucani.- Respondió el vodaccio saludando con la espada y envainándola.
- Juan Torvoespada.- Saludó a su vez el castellano.
- Firebas Desaix du Bascone.- Dijo al tiempo que se quitaba el sombrero.
Morgaine casi dio un respingo y rápidamente miro hacia otro lado, seria un rostro muy hermoso si no fuera por la nariz, inmediatamente se recompuso y avanzo unos pasos.
- Lady Morgaine de Carleon.
Firebas le tomo delicadamente la mano y apenas la rozo con los labios.
- Es un placer Milady, lamento el haber conocido una dama de ojos tan hermosos en unas circunstancias tan tristes, espero que la próxima vez que nos veamos sea en una situación y un lugar mejor.
- Me temo que eso no será posible caballero Desaix.- La miro con sorpresa.- Pienso acudir mañana.
- Milady, un duelo no es el lugar adecuado para una dama.
- Pero si lo es para un medico, yo soy medico, y ya que ustedes han decidido utilizarme como excusa para batirse en duelo, lo menos que puedo hacer es darles atención medica, seguro que alguno de ustedes necesitara mañana.
- Señora, yo no...
- No, por favor, no os disculpéis, ahora he sido yo la que os ha ofendido, y soy yo quien debe disculparse.- No podía evitar dejar de mirarle y, aunque procuraba no mirarle a la nariz, la vista se le iba, pero si le miraba a los ojos era peor, nunca había visto unos ojos como aquellos, de una tristeza infinita, pero también tenían algo mas, ¿qué era, fiereza? Si, tenían tal determinación que resultaban fieros.
El se dio cuenta, carraspeo y aparto la cara.
- Bien, si ese es vuestro deseo, no soy quien para impedíroslo, hasta mañana entonces. Caballeros, Miladys.- Se giro hacia la puerta.-¡Mosqueteros, en marcha!
- Miladys.- Saludaron los cuatro hombres a la vez, dejaron unas monedas en la mesa y salieron detrás de su capitán.
Morgaine se giro hacia Fionna que seguía sentada en la mesa, con la vista baja y blanca como el papel.
- Caballeros, si nos disculpan, creo que debemos retirarnos.
- Miladys.

Se acerco a Fionna y ambas subieron a la habitación.
- Oh! Lo siento tanto Morgaine. Me cogio totalmente desprevenida...
- Tranquila mi querida Fionna, nadie lo supo ver a tiempo.- Se sentaron en la mesita que había en el saloncito.- Aunque entiendo la actitud del caballero castellano, perdiendo la guerra contra Montaigne y con media Castilla conquistada...- Metió la mano en el bolsillo del vestido y toco el pañuelo, era un gesto que hacia de manera instintiva siempre que se sentía nerviosa.
- ¿Os fijasteis en la cara del caballero Desaix?
- Como para no fijarse! Pobre hombre, jamás había conocido a alguien con unos ojos tan tristes.- Dijo recordando su mirada.
- ¡Morgaine!
- ¿Que?
Fionna se tapaba la boca con la mano, y tenia los ojos como platos, parecía totalmente escandalizada y divertida a la vez.
Ambas se rieron y la tensión desapareció.
- En fin, será mejor que prepare mi maletín para mañana, seguro que lo necesitare. Por favor prepárame el baño y luego prepara otro para ti, nos vendrá bien para relajarnos después de lo ocurrido.
Se dirigió a su dormitorio, cogio el maletín, regalo de graduación de sus padres, que aun no había estrenado, lo abrió y lo reviso todo, aunque sabía que dentro encontraría todo lo necesario para el día siguiente, alcohol, gasas, vendas, hilo y agujas. Cerro el maletín, se sentó en la cama y rezo, rezo para que mañana no muriera nadie...
- Ya esta listo el baño.- Dijo Fionna entrando para ayudarla a quitarse la ropa.
- Una cosa Fionna.- Dijo mirándola a la cara muy seria.- Pase lo que pase mañana, Padre y Madre no deben enterarse de esto jamás, ¿Entendido?
- Por supuesto que no Morgaine. ¿No creerías que yo...?
- No, claro que no. Solo quiero decir que hemos de tener cuidado con lo que contemos en casa, si Padre se entera de esto, no me dejara salir ni al jardín de casa.
- No penséis en eso ahora. Hala al baño y a descansar. He dado orden a la camarera que nos suban algo ligero a la hora de la cena y nos llamen mañana temprano, tendrán un carruaje preparado para llevarnos a la puerta sur para nosotras.
Se abrazo a Fionna.
- Muchas gracias. No se que haría sin ti eres mi salvación.
Se dirigió al baño y se metió en la bañera, dejando que el agua caliente le relajara los músculos uno a uno.

“¿Por que se sentía tan nerviosa? Desde aquella tarde era mucho más perceptiva a los cambios y era prácticamente un manojo de nervios constante. Tenia que hacer acopio de toda su voluntad para mantener la calma. Por eso el empeño de este viaje, necesitaba alejarse de casa para poder calmarse. ¡Y a las pocas horas de llegar tenia que ocurrir esto! Parecía que últimamente la mala suerte la perseguía. En fin, que fuera lo que Theus quisiera, pero hoy ya no quería pensar en ello. Mañana seria otro día...”