
ENCUENTROS
Dejaron la carta en recepción para que se enviara con el correo de la tarde y pasaron al comedor, no era una sala muy grande, tenía un par de mesas alargadas de ocho asientos cada una. En una de ellas se encontraba sentado en una esquina un caballero que, por sus vestimentas negras quedaba claro que era de Vodacce y en el otro extremo había tomando una copa de vino un castellano, la otra mesa estaba ocupada en un extremo por un caballero de la rosa y la cruz, que hablaba en voz baja con un monje.
Morgaine se acerco con paso decidido a esta mesa, ambos hombres se levantaron cuando ellas se acercaron.
- Señoras.- Saludo el caballero.
- Caballeros, ¿seria molestia para ustedes si nos sentáramos en esta mesa?
- En absoluto, señora. Permítanme que me presente, soy Erich Von Wich y el es el hermano Volker.
- Encantada, soy Lady Morgaine de Carleon y ella es mi dama Lady Fionna.
Erich retiro la silla que se encontraba a su lado para que Morgaine se sentara. La intención de ella era haberse sentado en el otro extremo de la mesa, pero ahora no sabia como rechazar la invitación, así que se sentó al lado del caballero y Fionna ocupo su silla enfrente de la de ella.
“Cálmate, solo ha sido un gesto caballeroso, solo quiere mantener una charla banal con un par de damas”
La camarera les acerco los servicios y las informo que la comida se serviría en unos momentos.
- Decidnos señora ¿qué os parece la ciudad?- Pregunto Erich
- Aun no la conocemos. Acabamos de llegar, pero tenemos intención de dar un paseo esta misma tarde. ¿Hay algún lugar que nos puede recomendar para empezar?
- Sin duda por la Catedral del Corazón del Drachen, es una de nuestras maravillas. ¿Puedo preguntar que os ha traído a nuestra capital?
- Acabo de terminar mis estudios en la universidad y me he tomado un tiempo para viajar.
- ¿Arquitectura, música?
- Medicina
- Ah! Además de hermosa sois inteligente...
En ese momento entraron en el salón cuatro mosqueteros riendo escandalosamente.
-¡Camarero, traednos vino! Estamos sedientos.- Grito uno de ellos.
Se dirigieron a la mesa, se sentaron con un sucinto “Señoras” y siguieron hablando y riendo animadamente.
La camarera llevo rápidamente una jarra de vino con cuatro jarras y se disculpo con la mirada a las damas. Morgaine la sonrió aceptando la disculpa y siguió comiendo sin levantar la vista del plato.
- Vaya! No sabia que las mujeres de Eisen fueran tan hermosas aquí, de haberlo sabido habría venido antes!- Exclamó el que se hallaba cerca de Fionna a la vez que la cogia de la cintura.
Cuatro sillas se movieron ruidosamente y antes de que ninguna se diera cuenta estaban rodeadas por cuatro hombres con las manos en las espadas.
-¡Soltadla!- Grito alguien - ¡Disculpaos!
Los cuatro mosqueteros se pusieron en pie y echaron la mano a la espada.
- ¡Caballeros por favor!.- Morgaine se puso también en pie.- Es evidente que este caballero no ha pretendido ofendernos, simplemente se trata de un malentendido.- Dijo con voz mas calmada.- No es necesario que nadie saque la espada.
- Eso no evita el hecho de que os han ofendido, señora.- Respondió el caballero castellano.- Debe disculparse inmediatamente.
- Un mosquetero del emperador jamás se disculpa!- Exclamo el interpelado, que estaba evidentemente ebrio.
- Entonces el “mosquetero” probara el acero castellano.
Justo cuando todos iban a desenvainar aparecieron cinco guardias de la ciudad.
- ¿Que ocurre aquí?
- No ocurre nada, tan solo un malentendido.- Respondió el mosquetero que estaba al lado del que había hablado y que era el que estaba al mando. Sin apartar la vista de los otros se sentó y obligo a su compañero a sentarse, dando, con tan solo una mirada, la misma orden a sus compañeros.
Morgaine hizo lo mismo y el resto de los caballeros ocuparon también sus asientos. La tensión era tal que se podía respirar.
- No queremos que haya el mas mínimo problema.- El guardia miro a todos los hombres uno a uno.- Recordad que los duelos están prohibidos dentro de las murallas de la ciudad. Si tenemos que regresar acabaran todos en los calabozos del castillo.
Dieron media vuelta y se marcharon.
- Milady, disculpad a mi amigo Pierre Dechaine, no ha tenido en ningún momento intención de ofenderos, ni a vos, ni a vuestra dama, es joven y no soporta bien el vino.
- No hay nada que disculpar, señor, pues no ha habido ofensa. ¿Y que hacen los mosqueteros aquí en Freiburg?
- Nuestra compañía es la escolta del sobrino de El Empereur, Víctor Gerard du Montaigne, que ha venido unos días a la ciudad.
- Debe ser un gran honor.
- Sin duda Milady.
- Y estos perros montaigneses manchan dicho “honor” insultando a las damas con las que se encuentran.- Interrumpió el caballero castellano sin levantar la vista de su copa.
Los cuatro mosqueteros se levantaron .
- Ya hemos pedido disculpas a las señoras, pero si lo que buscáis es pelea...- Desenvaino la espada.- No dudéis que la habéis encontrado.
- Vos, os habéis disculpado en nombre de vuestro amigo que, al parecer, solo sabe hablar para ofender..- Respondió levantándose a su vez.
Tan solo se oyó el sonido del acero al quedar desnudo.
- ¡Christián!
La voz procedía de la puerta, una figura gallarda, se mantenía a contraluz, no era muy alto, aunque si fibroso, mantenía una postura relajada, la mano izquierda descansaba tranquilamente en el pomo de la espada, pero algo le dijo a Morgaine que esto podía cambiar rápidamente.
- Caballero.- Su voz era tranquila y profunda, y hablaba como quien habla a un
niño.- Debéis saber que los mosqueteros somos todos uno.- Dijo acercándose un
paso.- Si uno de nosotros ofende, lo hacemos todos, y si uno de nosotros se disculpa, también lo hacemos todos. Christián se ha disculpado y las damas lo han aceptado. ¿Tenéis algún otro problema?
- El problema es que lo que vale para los “mosqueteros”, puede no ser valido para los demás.- El castellano se acerco otro paso.- Llevaba la espada desenvainada, pero la mantenía baja.
- Yo soy de la misma opinión.- Intervino el vodaccio.
Morgaine decidió intervenir antes de que las cosas se pusieran más feas.
- Señores, por favor. Esto es innecesario, ya he aceptado las disculpas de los caballeros y no creo necesario que continúen con el mismo tema. Por favor, recuerden lo que dijo el guardia, los duelos están prohibidos en la ciudad, no deseo que nadie acabe en los calabozos por nuestra causa.
- Señora.- Contesto el desconocido.- Me temo que vos tan solo sois ahora una excusa para estos “caballeros”, ya que lo que realmente desean es luchar contra los mosqueteros.- La media sonrisa del castellano confirmo sus sospechas.- Pero tenéis razón en una cosa. Esto es innecesario ahora. Mañana a las seis les parece bien?.- Ambos caballeros asintieron.- Bien, cerca de la puerta sur hay un claro, creo que será el lugar adecuado. Tan solo una ultima cosa, ¿Con quien tendré el placer de batirme?
- Marco Savino Lucani.- Respondió el vodaccio saludando con la espada y envainándola.
- Juan Torvoespada.- Saludó a su vez el castellano.
- Firebas Desaix du Bascone.- Dijo al tiempo que se quitaba el sombrero.
Morgaine casi dio un respingo y rápidamente miro hacia otro lado, seria un rostro muy hermoso si no fuera por la nariz, inmediatamente se recompuso y avanzo unos pasos.
- Lady Morgaine de Carleon.
Firebas le tomo delicadamente la mano y apenas la rozo con los labios.
- Es un placer Milady, lamento el haber conocido una dama de ojos tan hermosos en unas circunstancias tan tristes, espero que la próxima vez que nos veamos sea en una situación y un lugar mejor.
- Me temo que eso no será posible caballero Desaix.- La miro con sorpresa.- Pienso acudir mañana.
- Milady, un duelo no es el lugar adecuado para una dama.
- Pero si lo es para un medico, yo soy medico, y ya que ustedes han decidido utilizarme como excusa para batirse en duelo, lo menos que puedo hacer es darles atención medica, seguro que alguno de ustedes necesitara mañana.
- Señora, yo no...
- No, por favor, no os disculpéis, ahora he sido yo la que os ha ofendido, y soy yo quien debe disculparse.- No podía evitar dejar de mirarle y, aunque procuraba no mirarle a la nariz, la vista se le iba, pero si le miraba a los ojos era peor, nunca había visto unos ojos como aquellos, de una tristeza infinita, pero también tenían algo mas, ¿qué era, fiereza? Si, tenían tal determinación que resultaban fieros.
El se dio cuenta, carraspeo y aparto la cara.
- Bien, si ese es vuestro deseo, no soy quien para impedíroslo, hasta mañana entonces. Caballeros, Miladys.- Se giro hacia la puerta.-¡Mosqueteros, en marcha!
- Miladys.- Saludaron los cuatro hombres a la vez, dejaron unas monedas en la mesa y salieron detrás de su capitán.
Morgaine se giro hacia Fionna que seguía sentada en la mesa, con la vista baja y blanca como el papel.
- Caballeros, si nos disculpan, creo que debemos retirarnos.
- Miladys.
Se acerco a Fionna y ambas subieron a la habitación.
- Oh! Lo siento tanto Morgaine. Me cogio totalmente desprevenida...
- Tranquila mi querida Fionna, nadie lo supo ver a tiempo.- Se sentaron en la mesita que había en el saloncito.- Aunque entiendo la actitud del caballero castellano, perdiendo la guerra contra Montaigne y con media Castilla conquistada...- Metió la mano en el bolsillo del vestido y toco el pañuelo, era un gesto que hacia de manera instintiva siempre que se sentía nerviosa.
- ¿Os fijasteis en la cara del caballero Desaix?
- Como para no fijarse! Pobre hombre, jamás había conocido a alguien con unos ojos tan tristes.- Dijo recordando su mirada.
- ¡Morgaine!
- ¿Que?
Fionna se tapaba la boca con la mano, y tenia los ojos como platos, parecía totalmente escandalizada y divertida a la vez.
Ambas se rieron y la tensión desapareció.
- En fin, será mejor que prepare mi maletín para mañana, seguro que lo necesitare. Por favor prepárame el baño y luego prepara otro para ti, nos vendrá bien para relajarnos después de lo ocurrido.
Se dirigió a su dormitorio, cogio el maletín, regalo de graduación de sus padres, que aun no había estrenado, lo abrió y lo reviso todo, aunque sabía que dentro encontraría todo lo necesario para el día siguiente, alcohol, gasas, vendas, hilo y agujas. Cerro el maletín, se sentó en la cama y rezo, rezo para que mañana no muriera nadie...
- Ya esta listo el baño.- Dijo Fionna entrando para ayudarla a quitarse la ropa.
- Una cosa Fionna.- Dijo mirándola a la cara muy seria.- Pase lo que pase mañana, Padre y Madre no deben enterarse de esto jamás, ¿Entendido?
- Por supuesto que no Morgaine. ¿No creerías que yo...?
- No, claro que no. Solo quiero decir que hemos de tener cuidado con lo que contemos en casa, si Padre se entera de esto, no me dejara salir ni al jardín de casa.
- No penséis en eso ahora. Hala al baño y a descansar. He dado orden a la camarera que nos suban algo ligero a la hora de la cena y nos llamen mañana temprano, tendrán un carruaje preparado para llevarnos a la puerta sur para nosotras.
Se abrazo a Fionna.
- Muchas gracias. No se que haría sin ti eres mi salvación.
Se dirigió al baño y se metió en la bañera, dejando que el agua caliente le relajara los músculos uno a uno.
“¿Por que se sentía tan nerviosa? Desde aquella tarde era mucho más perceptiva a los cambios y era prácticamente un manojo de nervios constante. Tenia que hacer acopio de toda su voluntad para mantener la calma. Por eso el empeño de este viaje, necesitaba alejarse de casa para poder calmarse. ¡Y a las pocas horas de llegar tenia que ocurrir esto! Parecía que últimamente la mala suerte la perseguía. En fin, que fuera lo que Theus quisiera, pero hoy ya no quería pensar en ello. Mañana seria otro día...”


